Cioran - Breviario de los vencidos, cap. 3

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A mis semejantes ya los conozco. A menudo he leído en sus ojos

ausentes y vacíos el sinsentido de mi destino o he reposado de mis rebeldías

durante las pausas de sus miradas. Pero su angustia no me es ajena. Ellos

quieren
, quieren, incesantemente. Y cómo no había nada que querer, mis pies

pisaban sus huellas como si fueran espinas, mi sendero serpenteaba por el

lodo de sus anhelos y blanqueaba con una inútil aureola su búsqueda vana.

Ellos no saben que el paraíso y el infierno son floraciones de un instante,

del instante mismo, que no hay nada más allá de la fuerza de un éxtasis inútil.

En su camino de mortales, no he encontrado la parada eterna sobre la bóveda

de los instantes.

Veo un árbol, una sonrisa, un orto, un recuerdo. ¿Acaso no existo yo

ilimitadamente en cada uno de ellos? ¿Qué otra cosa puedo esperar además de

esa visión definitiva, esa incurable visión del relámpago temporal?

Los hombres sufren de futuro, irrumpen en la vida, huyen en el tiempo,

buscan. Y nada me hiere más que sus ojos anhelantes, vanos pero

desprovistos de vanidad.

Yo sé que todo es
final, que solamente existe un instante, cada instante,

que el árbol de la vida es un estallido de eternidad, reversible en los actos del

ser.

Y, así, ya no quiero nada. A menudo, cuando me encuentro en las noches

que erigen los fondos del mundo, ¿cómo saber si soy o no soy? Y, entonces,

¿se puede ser o se puede no ser? O bien, atrapado en las vagas ondulaciones

de la música, perdido en medio de ellas, purificado de los azares de la

respiración, ¿cómo me parecería a mis semejantes?

No tener sino una meta: ser más inútil que la música. En ella no

encuentra uno ni el
es ni el no es. ¿Dónde te encuentras como tumultuosa

víctima de su hechizo? ¿No es acaso ella un
ninguna-parte sonoro?

Los hombres no saben ser inútiles. Ellos tienen caminos que seguir,

puntos que alcanzar, necesidades que realizar. ¡No saborean la imperfección,

cuando el
.sentido. de la vida es el éxtasis de esa imperfección! Pero, ¿cómo

revelarles la simplicidad de este misterio, cómo seducirlos con el resplandor de

un misterio y embriagarlos con tan sencilla fascinación? Qué noches y qué días

acuden a mi mente...

Silencio nocturno en los jardines del sur...¿Sobre quién se inclinan las

palmeras? Sus ramas parecen ideas fatigadas. En otro tiempo, cuando en la

sangre llevaba más alcohol y más España, mi furia las habría hecho volverse

hacia el cielo, mi pasión habría enderezado su cansancio terrenal y los latidos

de mi corazón las habrían empujado hasta la proximidad de las estrellas.

Ahora soy feliz de que ramas pensantes me separen de los astros, de saborear

al amparo de su brisa una dulce soledad, de anonadarme en el esplendor de

una tierra divinizada por la noche.

Si viviésemos en jardines, no habría sido posible la religión. Su ausencia

nos ha empujado a anhelar el paraíso. El espacio sin flores ni árboles impele a

los ojos a mirar al cielo y recuerda a los mortales que su primer antepasado

hizo un breve alto en la eternidad y descansó fugazmente a la sombra de los

árboles. La historia es la negación del jardín.

Debo mis esperanzas a las noches. Sobre las alas de la oscuridad, fuera

del espacio, solo entre la materia y el sueño, elevo los aromas de la decepción

a fragancias de felicidad. Nada me parece imposible en la noche, ese
posible sin

tiempo
. Todo es más que posible, pero el futuro no está. Las ideas devienen

pájaros de pensamiento y ¿adónde vuelan? A una trémula eternidad, como un

éter roído por las reflexiones.

... Así he llegado a contemplar el sol con un extraño interés. ¿Qué

malentendido llevó a los hombres a robarle sus turbulencias y a transformarlas

en algo provechoso? ¿Qué falta de poesía hizo a un astro puro degradarse en

monstruo utilitario? ¿No nos hemos acercado todos demasiado humanamente

a sus rayos luminosos y, creyéndolos fuente de lo real, le concedimos

demasiada realidad? ¿Por qué habremos proyectado la
finalidad hasta el mismo

cielo?

Yo no sé hasta donde
es el sol. Pero sí sé muy bien hasta qué punto yo ya

no soy bajo el sol. Quien a orillas del mar, durante horas seguidas, con los ojos

entornados, paralelamente al tiempo, durante la horizontal del sueño y tan

fugaz como la espuma sobre la arena dorada, no ha sentido la mezcla de

felicidad y de nada de ese derroche de resplandor, ése no conoce ninguno de

los peligros que la belleza ha traído al mundo.

Yo creía ser joven bajo el sol y me encontré sin edad. Y si a media noche

tenía años, ya no los tenía en el meridión. Todas las edades huyen y

permanecen entre el ser y el no-ser, vestigio vibrante en el nihilismo místico

de las insolaciones.

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