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A mis semejantes ya los conozco. A menudo he leído en sus ojos
ausentes y vacíos el sinsentido de mi destino o he reposado de mis rebeldías
durante las pausas de sus miradas. Pero su angustia no me es ajena. Ellos
quieren
, quieren, incesantemente. Y cómo no había nada que querer, mis pies
pisaban sus huellas como si fueran espinas, mi sendero serpenteaba por el
lodo de sus anhelos y blanqueaba con una inútil aureola su búsqueda vana.
Ellos no saben que el paraíso y el infierno son floraciones de un instante,
del instante mismo, que no hay nada más allá de la fuerza de un éxtasis inútil.
En su camino de mortales, no he encontrado la parada eterna sobre la bóveda
de los instantes.
Veo un árbol, una sonrisa, un orto, un recuerdo. ¿Acaso no existo yo
ilimitadamente en cada uno de ellos? ¿Qué otra cosa puedo esperar además de
esa visión definitiva, esa incurable visión del relámpago temporal?
Los hombres sufren de futuro, irrumpen en la vida, huyen en el tiempo,
buscan. Y nada me hiere más que sus ojos anhelantes, vanos pero
desprovistos de vanidad.
Yo sé que todo es
final, que solamente existe un instante, cada instante,
que el árbol de la vida es un estallido de eternidad, reversible en los actos del
ser.
Y, así, ya no quiero nada. A menudo, cuando me encuentro en las noches
que erigen los fondos del mundo, ¿cómo saber si soy o no soy? Y, entonces,
¿se puede ser o se puede no ser? O bien, atrapado en las vagas ondulaciones
de la música, perdido en medio de ellas, purificado de los azares de la
respiración, ¿cómo me parecería a mis semejantes?
No tener sino una meta: ser más inútil que la música. En ella no
encuentra uno ni el
es ni el no es. ¿Dónde te encuentras como tumultuosa
víctima de su hechizo? ¿No es acaso ella un
ninguna-parte sonoro?
Los hombres no saben ser inútiles. Ellos tienen caminos que seguir,
puntos que alcanzar, necesidades que realizar. ¡No saborean la imperfección,
cuando el
.sentido. de la vida es el éxtasis de esa imperfección! Pero, ¿cómo
revelarles la simplicidad de este misterio, cómo seducirlos con el resplandor de
un misterio y embriagarlos con tan sencilla fascinación? Qué noches y qué días
acuden a mi mente...
Silencio nocturno en los jardines del sur...¿Sobre quién se inclinan las
palmeras? Sus ramas parecen ideas fatigadas. En otro tiempo, cuando en la
sangre llevaba más alcohol y más España, mi furia las habría hecho volverse
hacia el cielo, mi pasión habría enderezado su cansancio terrenal y los latidos
de mi corazón las habrían empujado hasta la proximidad de las estrellas.
Ahora soy feliz de que ramas pensantes me separen de los astros, de saborear
al amparo de su brisa una dulce soledad, de anonadarme en el esplendor de
una tierra divinizada por la noche.
Si viviésemos en jardines, no habría sido posible la religión. Su ausencia
nos ha empujado a anhelar el paraíso. El espacio sin flores ni árboles impele a
los ojos a mirar al cielo y recuerda a los mortales que su primer antepasado
hizo un breve alto en la eternidad y descansó fugazmente a la sombra de los
árboles. La historia es la negación del jardín.
Debo mis esperanzas a las noches. Sobre las alas de la oscuridad, fuera
del espacio, solo entre la materia y el sueño, elevo los aromas de la decepción
a fragancias de felicidad. Nada me parece imposible en la noche, ese
posible sin
tiempo
. Todo es más que posible, pero el futuro no está. Las ideas devienen
pájaros de pensamiento y ¿adónde vuelan? A una trémula eternidad, como un
éter roído por las reflexiones.
... Así he llegado a contemplar el sol con un extraño interés. ¿Qué
malentendido llevó a los hombres a robarle sus turbulencias y a transformarlas
en algo provechoso? ¿Qué falta de poesía hizo a un astro puro degradarse en
monstruo utilitario? ¿No nos hemos acercado todos demasiado humanamente
a sus rayos luminosos y, creyéndolos fuente de lo real, le concedimos
demasiada realidad? ¿Por qué habremos proyectado la
finalidad hasta el mismo
cielo?
Yo no sé hasta donde
es el sol. Pero sí sé muy bien hasta qué punto yo ya
no soy bajo el sol. Quien a orillas del mar, durante horas seguidas, con los ojos
entornados, paralelamente al tiempo, durante la horizontal del sueño y tan
fugaz como la espuma sobre la arena dorada, no ha sentido la mezcla de
felicidad y de nada de ese derroche de resplandor, ése no conoce ninguno de
los peligros que la belleza ha traído al mundo.
Yo creía ser joven bajo el sol y me encontré sin edad. Y si a media noche
tenía años, ya no los tenía en el meridión. Todas las edades huyen y
permanecen entre el ser y el no-ser, vestigio vibrante en el nihilismo místico
de las insolaciones.
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